Ross llegó a casa a paso rápido, tan inquieta, que sentía que si aquel día volvía a ocurrir algo, reventaría. No era la primera vez que tenía un problema en mitad de la noche, y estaba segura, de que tampoco sería el último. Diamond era así, una ciudad de mierda. La tasa de criminalidad era demasiado alta para solo contar con cuarenta mil habitantes, las malas intenciones parecían venir de fábrica desde el día en el que nacías y la ley, parecía que no existía. De ahí a que Ross no estuviese precisamente nerviosa por el altercado. Sabía de sobra que nada podía hacer un borracho contra ella, quien con un buen empuje habría caído al suelo mareado. Habría resultado sana y salva de la pelea, hubiese intervenido o no aquel tipo. Era precisamente ese hombre, el que la había puesto inquieta, y no sabía por qué.
Era un capullo, como todos los demás. Su forma de hablar, de reaccionar y de desprestigiar eran tan poco originales, que Ross pensaba que podría haberle visto antes, quizá varias veces en el bar, y sencillamente no recordarle. Sin embargo, era algo, una mala sensación o... ¿Un palpito? El mismo que había sentido al pasar cerca del parque, el que la hacía sentirse insegura con respecto a ese tío. Era como si hubiese sentido que llegaría aún cuando él estaba lejos.
jueves, 27 de abril de 2017
-Creo que no te percatas de la gravedad de la situación- dijo Clay rascándose incómodo la barba, mientras había un ligero murmullo ausente por el resto de los habitantes del bar, que volvieron a lo suyo. Ian, por su parte, seguía bebiéndose su café con suma pasividad -No se trata de que hayas roto la lámpara y el techo, Ross. De hecho, desde un punto de vista prudente, es insignificante- volvió a suspirar
-Si me permites intervenir Clay... déjame decirte que Ross ha aguantado estoicamente la rutilante chapa que le ha dado ese chico...- Ross le miró, molesta a pesar de su ayuda. No lo necesitaba ¿O es que era su padre? -Sólo trato de ayudar- se encogió de hombros -Estoy de tu parte. Soy testigo de lo ocasionado-
-Lo que busco no son testigos, inspector, sino hacerle entender. Ross... ven conmigo al despacho un segundo. Esto será mejor que lo hablemos a solas- la chica asintió y le siguió
-Yo os vigilo la barra- dijo Ian con un ligero tono sarcástico, al ver cómo se atrevían a dejar el bar sólo aunque fuese por unos segundos.
Dentro del despacho, Clay rodeó su mesilla hasta que se sentó en el viejísimo sillón, al que ya se le salía la espuma por todas partes. Todo estaba viejo en su despacho, no sólo el sillón. La mesa estaba llena de ralladuras, no sabía si por tijeras, cuteres, cuchillos o sabía Dios por qué. Los cuadros que tenía colgados, algunos de motos, otros de paisajes, estaban tan cubiertos de polvo que a veces costaba discernir. El despacho de Clay no era precisamente un lugar que ella frecuentara, de manera que era curioso poder detenerse unos instantes en los detalles -A ver... Ross...- se acarició las sienes -¿En qué estabas pensando, muchacha?- la chica procedió a explicarse. Explicar precisamente cómo ese chico había tratado de humillarla, cómo la estaba vejando ante toda la clientela. Diablos, hubiese querido deshacerse de él incluso aunque hubiesen estado a solas en el bar. Esa clase de actitud la ponía enferma -Y te entiendo, chica, creeme. Te entiendo perfectamente- algo hacía dudar a Ross de que realmente la entendiese. Fue el punto decisivo para sacar un cigarro y encendérselo. Necesitaba controlar sus nervios de alguna forma -Pero esto es un negocio ¿Comprendes? Es un bar, de carretera. Humilde, a ratos insidioso. Me da igual, completamente igual, cómo trates a los capullos que vienen a beberse mis licores y encima quieran hacerle daño o tratar mal a mi camarera. Ross, nunca aceptaré que se pasen contigo y por eso está ahí la escopeta- la chica asintió, cruzándose de brazos. Ahora venía el "pero" -¿Pero cómo se te ocurre disparar en frente de un jodido inspector de polocía? ¿¡Estás loca!?- Ross bufó -¡No bufes encima! ¡No me creas equivocado! ¿Te recuerdo que Ian lo es?- la camarera aseguró que Ross no había dicho nada al respecto. Si hasta acababa de defender su posición -No sé qué tienes hija, pero te suelen defender ante cualquier problema, seguramente para ver si así te agarran el culo- Ross frunció el ceño -Lo siento. No pretendo ofenderte...- Clay se levantó del asiento -Pero entiéndeme ¿Es que quieres que me cierren el garito? Si pierdo el bar, pierdo mi trabajo y el sustento de mi vida. Y tú también. Tú perderás tu puesto de trabajo, uno que tienes fijo y asegurado. Sí, a veces echas más horas de la cuenta, pero sabes que trato de pagarte todo lo que puedo. A pesar de la ingente cantidad de borrachos, esta mierda no paga todas las deudas- Clay tenía un aspecto desmejorado últimamente, quizá tenía problemas -Lo que quiero decir Ross es...- la chica separó los brazos y dijo estar despedida -¿Qué? No ¿De qué coño hablas?- Clay soltó una carcajada exasperada -No te voy a despedir por espantar a tiros a un pijoteras de Washington que se cree mejor que nadie. Por mí como si le cortas la polla con el cuchillo de huntar crema de cacahuete. Pero cielo... no dispares. Saca el arma, apunta, amenaza, pero no dispares. Y menos porque te tiren los trastos. Ese arma está para defender el negocio de cualquier atracador o cualquier gilipollas que quiera hacerte daño. Está para parar peleas que nos pueda destrozar el negocio. Pero no para darle una lección a un mocoso ¿Lo entiendes? Sé que te has sentido ofendida, insultada, pero tienes que controlar tus impulsos. Tener ese gatillo tan fácil me preocupa Ross. Quién sabe si algún día alguien te tocará las narices de más y decorarás las paredes con unas pintadas de sangre y sesos- la chica volvió a bufar -Sal ahí- señaló con el dedo -Mantén a esa panda de inadaptados borrachos y consumiendo y nada más. Deja la escopeta en su sitio y asegurate de ni siquiera oler el metal de sus piezas a menos que estés amenazada ¿Estamos?- concluyó con tono autoritario, pero con compasión en la mirada. Ross estaba de acuerdo, pues no le quedaba otra opción. Era hora de volver a la barra a atender a las masas.
Una vez allí, la chica lo primero que encontró fue el rostro sonriente de Ian, cuyo café se había acabado y la contemplaba con tranquilidad divina. Arqueó una ceja y le preguntó qué diablos estaba mirando de esa forma -Sólo me preguntaba si estabas preocupada por perder el trabajo- sin demasiadas complicaciones, se limitó a decirle que se metiera en sus asuntos -Oh, no, no lo es, no pretendía molestar. Pero como cliente me gustaría que siguieras aquí. Das un toque de... pureza- dijo con una extraña sonrisa -a la panda de mamotretos que pueblan tu local- ella bufó, limpiando los vasos sucios y retirándole el suyo a Ian -Ross, antes de irme...- le dejó una tarjeta sobre la mesa -Es mi número de teléfono- ella le disparó una mirada asesina -Eh, no, no saques la escopeta- se burló amistosamente -Es para que me llames si ocurre algo- Ross se preguntó qué se supone que iba a ocurrir -Mi esperanza es que no suceda nada, precisamente, pero nunca se sabe. Después de lo acontecido en Oathtown, toda precaución es poca. Ten- dejó otra más -Dásela a Clay. Si veis a cualquier persona o grupo de personas mínimamente sospechosa y que no os suene de haberlos visto antes... llamadme, por si acaso- ella no contestó, sólo cogió las tarjetas. Cuando Ian se marchaba, lo llamó una última vez. Quería saber si se había metido en un lío por lo de la tenencia de armas y por abrir fuego. Ian se echó a reir -Oh, no. De momento no- sonrió -Pero porque soy yo- le guiñó un ojo -Sé que lo has hecho sin maldad ninguna, no matarías a ese tipo ni a nadie- se fue a dar la vuelta, pero volvió a mirarla -¿No?- le arrancó media sonrisa a Ross y para él fue más que suficiente -Eso espero- dijo fingiendo misterio -Procura no meterte en líos Ross- y sin más, se marchó.
-Si me permites intervenir Clay... déjame decirte que Ross ha aguantado estoicamente la rutilante chapa que le ha dado ese chico...- Ross le miró, molesta a pesar de su ayuda. No lo necesitaba ¿O es que era su padre? -Sólo trato de ayudar- se encogió de hombros -Estoy de tu parte. Soy testigo de lo ocasionado-
-Lo que busco no son testigos, inspector, sino hacerle entender. Ross... ven conmigo al despacho un segundo. Esto será mejor que lo hablemos a solas- la chica asintió y le siguió
-Yo os vigilo la barra- dijo Ian con un ligero tono sarcástico, al ver cómo se atrevían a dejar el bar sólo aunque fuese por unos segundos.
Dentro del despacho, Clay rodeó su mesilla hasta que se sentó en el viejísimo sillón, al que ya se le salía la espuma por todas partes. Todo estaba viejo en su despacho, no sólo el sillón. La mesa estaba llena de ralladuras, no sabía si por tijeras, cuteres, cuchillos o sabía Dios por qué. Los cuadros que tenía colgados, algunos de motos, otros de paisajes, estaban tan cubiertos de polvo que a veces costaba discernir. El despacho de Clay no era precisamente un lugar que ella frecuentara, de manera que era curioso poder detenerse unos instantes en los detalles -A ver... Ross...- se acarició las sienes -¿En qué estabas pensando, muchacha?- la chica procedió a explicarse. Explicar precisamente cómo ese chico había tratado de humillarla, cómo la estaba vejando ante toda la clientela. Diablos, hubiese querido deshacerse de él incluso aunque hubiesen estado a solas en el bar. Esa clase de actitud la ponía enferma -Y te entiendo, chica, creeme. Te entiendo perfectamente- algo hacía dudar a Ross de que realmente la entendiese. Fue el punto decisivo para sacar un cigarro y encendérselo. Necesitaba controlar sus nervios de alguna forma -Pero esto es un negocio ¿Comprendes? Es un bar, de carretera. Humilde, a ratos insidioso. Me da igual, completamente igual, cómo trates a los capullos que vienen a beberse mis licores y encima quieran hacerle daño o tratar mal a mi camarera. Ross, nunca aceptaré que se pasen contigo y por eso está ahí la escopeta- la chica asintió, cruzándose de brazos. Ahora venía el "pero" -¿Pero cómo se te ocurre disparar en frente de un jodido inspector de polocía? ¿¡Estás loca!?- Ross bufó -¡No bufes encima! ¡No me creas equivocado! ¿Te recuerdo que Ian lo es?- la camarera aseguró que Ross no había dicho nada al respecto. Si hasta acababa de defender su posición -No sé qué tienes hija, pero te suelen defender ante cualquier problema, seguramente para ver si así te agarran el culo- Ross frunció el ceño -Lo siento. No pretendo ofenderte...- Clay se levantó del asiento -Pero entiéndeme ¿Es que quieres que me cierren el garito? Si pierdo el bar, pierdo mi trabajo y el sustento de mi vida. Y tú también. Tú perderás tu puesto de trabajo, uno que tienes fijo y asegurado. Sí, a veces echas más horas de la cuenta, pero sabes que trato de pagarte todo lo que puedo. A pesar de la ingente cantidad de borrachos, esta mierda no paga todas las deudas- Clay tenía un aspecto desmejorado últimamente, quizá tenía problemas -Lo que quiero decir Ross es...- la chica separó los brazos y dijo estar despedida -¿Qué? No ¿De qué coño hablas?- Clay soltó una carcajada exasperada -No te voy a despedir por espantar a tiros a un pijoteras de Washington que se cree mejor que nadie. Por mí como si le cortas la polla con el cuchillo de huntar crema de cacahuete. Pero cielo... no dispares. Saca el arma, apunta, amenaza, pero no dispares. Y menos porque te tiren los trastos. Ese arma está para defender el negocio de cualquier atracador o cualquier gilipollas que quiera hacerte daño. Está para parar peleas que nos pueda destrozar el negocio. Pero no para darle una lección a un mocoso ¿Lo entiendes? Sé que te has sentido ofendida, insultada, pero tienes que controlar tus impulsos. Tener ese gatillo tan fácil me preocupa Ross. Quién sabe si algún día alguien te tocará las narices de más y decorarás las paredes con unas pintadas de sangre y sesos- la chica volvió a bufar -Sal ahí- señaló con el dedo -Mantén a esa panda de inadaptados borrachos y consumiendo y nada más. Deja la escopeta en su sitio y asegurate de ni siquiera oler el metal de sus piezas a menos que estés amenazada ¿Estamos?- concluyó con tono autoritario, pero con compasión en la mirada. Ross estaba de acuerdo, pues no le quedaba otra opción. Era hora de volver a la barra a atender a las masas.
Una vez allí, la chica lo primero que encontró fue el rostro sonriente de Ian, cuyo café se había acabado y la contemplaba con tranquilidad divina. Arqueó una ceja y le preguntó qué diablos estaba mirando de esa forma -Sólo me preguntaba si estabas preocupada por perder el trabajo- sin demasiadas complicaciones, se limitó a decirle que se metiera en sus asuntos -Oh, no, no lo es, no pretendía molestar. Pero como cliente me gustaría que siguieras aquí. Das un toque de... pureza- dijo con una extraña sonrisa -a la panda de mamotretos que pueblan tu local- ella bufó, limpiando los vasos sucios y retirándole el suyo a Ian -Ross, antes de irme...- le dejó una tarjeta sobre la mesa -Es mi número de teléfono- ella le disparó una mirada asesina -Eh, no, no saques la escopeta- se burló amistosamente -Es para que me llames si ocurre algo- Ross se preguntó qué se supone que iba a ocurrir -Mi esperanza es que no suceda nada, precisamente, pero nunca se sabe. Después de lo acontecido en Oathtown, toda precaución es poca. Ten- dejó otra más -Dásela a Clay. Si veis a cualquier persona o grupo de personas mínimamente sospechosa y que no os suene de haberlos visto antes... llamadme, por si acaso- ella no contestó, sólo cogió las tarjetas. Cuando Ian se marchaba, lo llamó una última vez. Quería saber si se había metido en un lío por lo de la tenencia de armas y por abrir fuego. Ian se echó a reir -Oh, no. De momento no- sonrió -Pero porque soy yo- le guiñó un ojo -Sé que lo has hecho sin maldad ninguna, no matarías a ese tipo ni a nadie- se fue a dar la vuelta, pero volvió a mirarla -¿No?- le arrancó media sonrisa a Ross y para él fue más que suficiente -Eso espero- dijo fingiendo misterio -Procura no meterte en líos Ross- y sin más, se marchó.
Jack
-¿Estás de coña?- preguntó Willy el Tuerto, el vicepresidente del club de los Crows, mientras miraba con unos prismáticos. La noche estaba a punto de caer sobre Diamond, una ciudad al borde de la Ruta del Diablo -¿Esa panda de pirados son tan peligrosos? No lo veo tan claro-
-Willy ¿No te parece peligrosos que sean una panda de fanáticos, satánicos, que se dedican a hacer daño a la gente?- preguntó Junk, un enjuto motero, con la misma chaqueta de cuero que su hermano
-¿Pero es que ahora somos héroes? ¿Hermanitas de la caridad?- le pasó los prismáticos a Junk -Tío ¿Desde cuando nos va y nos viene lo que le pase a la gente?-
-Desde siempre- terció una voz tras él. Jack, el presidente y líder de la banda, con su media máscara de calavera sobre el rostro para cubrir su identidad-
-Coño, la Muerte personificada- rió Willy -No te he visto llegar- se tocó el parche del ojo que perdió
-Nunca me veis- suspiró aburrido -Y mi moto no es tan silenciosa. Sois unos cabrones que pasáis de vuestro presi- le dio con el puño en el hombro a Junk -¿Están ahí?-
-Oh, sí. Colocados como putas. Y hablando de putas... Vaya par de tetas que tiene esa-
-¡A ver!- le arrebató los prismáticos Willy
-¿Por qué tanta ansiedad? Qué bruto eres- se sacudió la mano
-¿Y los demás?- faltaban dos. Johny el novato y Wings, el armero
-Joder qué membas... Quisiera ser uno de esos payasos satánicos ahora mismo. Mira, mira, mira, mira cómo le come las tetas. Hijo de puta- se rascó el paquete
-¡Eh!- Jack le dio una bofetada en el hombro -Deja de pajearte y dime dónde están los demás-
-Están en camino- y tal como Willy dijo, empezaron a llegar. Dos motos aparcaron junto a ellos, ambos con la misma chaqueta del club, con un cuervo delineado en su espalda de color blanco para distinguirse del cuero negro sobre la frente de una calavera sin mandibula con alas sobre dos tibias cruzadas como los antiguos piratas
-Aquí estamos- terció Wing, fumándose un cigarro -¿Queréis?-
-Guárdate la calma para después de la tormenta. Necesitamos los nervios tensos como la polla de un adolescente- indicó Jack
-O como la mía- añadió Willy -Vaya jacas. En serio. Echa un vistazo, novato- le fue a pasar los prismáticos a Johny, que apenas tendría 19 años, pero Jack lo interceptó
-Suficiente- Willy suspiró. Tenía ganas de follar, no de pegarse de hostias -¿Tenéis las armas?- todos enseñaron sus pistolas y las cargaron -Bien- Jack no llevaba pistola, sino un bate de beisbol de acero y un puño americano en el bolsillo de la chaqueta -Hora de cazar- arrancó el motor y los demás les siguieron en un rugido que se alzó al cielo como un ronquido del Taos
-¡A volar entre sangre y humo!- rió Junk y se pusieron en marcha
[The Brothers Bright - Blood on my name]
Las motos salieron en columna de convoy, saliendo de aquel descampado, atravesando la carretera, rumbo hacia la vieja plaza de aparcamiento en la que estaban aquella otra panda de moteros bebiendo, fumando maría, oyendo música metal y liándose con diversas putas que habían encontrado por la calle. Mientras se aproximaban más y más, aquellos tipos de mala pinta y motos antiguas se pusieron en alerta. Algunos sacaron cuchillos, preparados para lo que pudiera pasar. Las motos de los Crow se metieron de lleno en el viejo aparcamiento, todo envuelto en oscuridad debido a que era una zona cuyas luces estaban fundidas o destrozadas. Jack atropelló a uno de ellos sin miramiento alguno, pasándole por encima con su pesada moto. Aquello comenzó la batalla. Los chicos de Jack comenzaron a disparar a las motos para que no huyeran mientras que el presidente se bajaba, bate en mano. Comenzó a golpear a uno en las piernas para dejarlo inmóvil y acto seguido le estampó el bate directamente en el craneo un par de veces hasta que el hueso crujió. La batalla campal se alzó en una vorágine de sangre, gritos e insultos mientras los Crow disparaban al rededor de Jack y los otros intentaban cubrirse y buscar la oportunidad de rajar de arriba abajo a sus enemigos, objetivo que les resultó prácticamente imposible. Una de las putas salió herida por igual, desangrándose en el suelo debido a una bala esquiva. Otra acabó cayendo en brazos de uno de los enemigos de los Crow, que la usó de escudo humano hasta alcanzar una esquina y huir en la única moto que no había aparcada en mitad del tiroteo -¡Mierda!- gritó Willy, que fue a seguirle
-Quieto, déjamelo a mí- sonreía Jack, con la máscara llena de sangre. Se subió el pañuelo para terminar de cubrir su rostro, fue hacia su moto y arrancó para seguir al susodicho mientras los demás se ocupaban de aniquilar al resto, tan bebidos y fumados que no acertaban a ver siquiera quién era su hermano y quién el enemigo.
Las motos rugían con fuerza en el silencio de la noche, mientras Ross se bajaba del coche de Clay, que la dejó en la avenida que le venía más cerca -Buenas noches, niña. Y no te preocupes, que no te voy a echar. No puedo. No quiero que me vueles la cabeza con la escopeta- rió algo más calmado, despidiéndole ella con mala cara. Arrancó el coche de nuevo y se marchó, mientras Ross echaba a andar por la larga calle rumbo hasta su casa. Le tomó varios minutos estar próxima a su vivienda, pero al pasar cerca del oscuro parque medio abandondo que circundaba su vivienda, se sintió insegura. Había una extraña sensación en el aire, una vibración que le gritaba prudencia. Su sexto sentido estaba disparado como las alarmas de la segunda guerra mundial cuando llegaban los bombarderos. Y no se equivocaba. Una mano surgió de la oscuridad para atraparla del brazo y tirar de ella hacia el parque. La chica rodó por el cesped sucio al igual que su bolso. Estuvo andando con la mano metida dentro de él, acariciando la pistola que llevaba para la autodefensa, pero al volarle el bolso la perdió. Tanteaba a ciegas mientras sus ojos se acostumbraban a la oscuridad para buscarla. Necesitaba protegerse ¿Quién era? ¿Qué pasaba? ¿Sería el mismo payaso del bar? -Las palabras. Las palabras, recuerda las palabras. Pronuncia las palabras. Sálvame. Ay, sálvame padre. Sálvame hermano. Sálvame, oscuridad. Sálvame, oh, infierno, que de mi sangre no sea la puerta, sino de esta ramera- dijo una voz carrasposa y medio borracha. La chica llegó a alcanzar algo, una moto. Se sirvió de ella para ponerse en pie -Los han matado. A todos. Nos dan caza. Los soldados de Dios. Dios ha bajado a la tierra y en su paraiso no nos quiere, no nos quiere. Demonio. Diablo. Padre de Todos, Padre del Mal, sálvanos. Oh, danos la gracia y que se alcen tus ángeles sin alas, que caigan los entronados- Ross vio el puñal reflejar la luz de la luna. Se le aceleró el pulso ¿¡Dónde estaba la puta pistola!? Cuando intentó apartarse de él, la agarró de nuevo con fuerza. Fue lenta, torpe en la oscuridad. Le espetó que la dejase en paz, que lo mataría si no lo hacía -Y la muerte me miró a los ojos esta noche, mujer, y me dijo que por mí vendría, que por mí vendría. Mas en la puerta marqué con la sangre del cordero la señal. El ángel exterminador no vendrá a mi lecho, no vendrá a mi lecho. Pero estará en tu seno, oh, tu seno- se la acercó más de la cuenta. Ross pudo oler el hedor a whiskey, cerveza, meados y marihuana que despedía ese andrajoso tipo -Danos tu bendición. Danos tu maldición- rezaba, pues lo que hacía no era simplemente hablar. Lamió el rostro de Ross, el cuello, mientras ella forcejeaba -Danos tu vida- dijo mientras le separaba ligeramente las piernas con las suyas para tratar de palparle el sexo -Danos tu muerte- a la vez que preparaba el cuchillo para apuñalarla -El sacrificio para el Padre. El cordero para el Pastor. La llave de la Puerta-
-Amén- dijo una voz tras él a la vez que se giraba. Un puñetazo reseco llenó el ambiente mientras Ross retrocedía retozando por el suelo para apartarse de aquel loco. Había otro hombre. Ambos estaban enzarzados en una pelea. El andrajoso le quitó algo de la cara al nuevo que había llegado, mientras éste trataba de subirse sobre él. Una vez lo consiguió la pelea estuvo decidida. En la mano del desconocido brillaban los puños americanos que se descargaban una y otra vez sobre el rostro del andrajoso motero. Tantos fueron los golpes que el hombre dejó de gritar, dejó de lloriquear, dejó de gemir de dolor. Sólo se oían golpes y el salpicar de la sangre. Ross encontró el bolso. Encontró la pistola. Entonces se puso en pie y la cargó. Apuntó en seguida al individuo que golpeaba y le ordenó que se marchara inmediatamente o le volaría la tapa de los sesos. Fue cuando se detuvo. Quizá no se daba cuenta de que el tipo ya estaba muerto. Se puso en pie con actitud dominante y escupió sobre el cadáver. La miró. La luz natural de la luna le permitió verle el rostro, en menor o mayor medida. Él la estaba mirando con crudeza. Ross no pestañeaba. No le temblaba la mano. No le iban a hacer daño, de ninguna manera -Baja el arma niña, o te vas a hacer daño- Ross le espetó que no tuviera los huevos de llamarla niña, porque no lo era. Y se lo demostraría -Está bien- dijo Jack con tono despectivo -Me largo. Mi trabajo aquí está hecho- se dio media vuelta y recogió la máscara y el pañuelo -De nada- dijo antes de irse. Ross, furiosa, le gruñó aclarándole que no necesitaba que ningún héroe la salvara. Jack se giró para mirarla un segundo -¿Salvarte? ¿Héroe?- rió -He venido a por ese cabrón hijo de puta, no a salvarte. Que te haya ayudado o no, ha sido cuestión de tu simple suerte. No sé quién crees que soy, o quién crees que eres tú- se cruzaron sus miradas un instante antes de la despedida definitiva, pero ambos sintieron una extraña vibración. Una atracción y repulsión instantanea, como dos gigantescos imanes cuyos polos querían tocarse pero una inmersa fuerza los empujaba a separarse -No, definitivamente no sé quién eres- medio sonrió -Pero lo último que haría es salvarte, te lo aseguro- dijo asqueado mientras Ross empezaba a apretar el gatillo a la vez que el hombre se marchaba. Lo odió de forma instintiva, como él a ella, sin razón aparente, pero no pudo disparar, de la misma forma que él no pudo esperar a que el loco se ocupase de ella para atraparle con la guardia baja. De haber sido así, quizá Jack no se hubiese marchado con una muy bien oculta puñalada en el costado. La única certeza es que Ross había sido testigo y salpicada por algo que no comprendía y que pronto, de forma inexorable, la alcanzaría.
miércoles, 26 de abril de 2017
Ross
Ross se inclinó sobre el otro lado de la barra. Su mirada aburrida era tan insultante, que por un momento, el chico nuevo se sintió ofendido. Posó su rostro sobre una mano, posando su mirada a las espaldas del chico. Se avecinaban tensiones.
-Bébete tu cubata, paga la copa y lárgate- dijo, sin más. -Respetando sobretodo el segundo punto- frunció los labios. Por el rabillo del ojo, observó como Ian contemplaba la escena sin dar sorbo a su escuro café -¿Vosotros detenéis a este tipo de energúmenos o también les hacéis la vista gorda?- preguntó sin mirarle, provocando que ambos hombres, por instinto, se miraran. El joven, tras darle varias vueltas, comprendió que el hombre que tenía a su lado debía tener un cargo tan imponente como el de un policía y que por tanto, eso podría causarle problemas. Se apartó ligeramente de la barra, tenso. -Yo que tú, no le temería a él, sino a ellos- Ross levantó la barbilla, señalando a todos aquellos quieren tenían el ojo echado sobre el chico. Algunos de ellos ya se habían puesto en pie y acercado, para vigilar más de cerca, o directamente, preguntar si había algún tipo de problema, si a caso estaban molestándola. -Todos sois un puto problema aquí- comentó de mala gana. -Todos me molestáis- añadió -Éste solo quiere sumarse a vuestro grupo- se oyeron risas al fondo del bar. El chico cada vez se fue sintiendo más y más intimidado, lo que provocó que se pusiese a la defensiva, alegando que no estaba haciendo nada malo. Había venido a beber y repostar, como la mayoría allí -¿Quieres que te repuesten el culo, encanto?- sonrió Ross, añadiendo más leña al fuego. Entonces, el chico la llamó zorra. Zorra. -Oh si, me siento tan ofendida- fingió dolor frunciendo el ceño. Comprendiendo que sus intenciones no le llevarían a buen puerto, el joven tomó su copa y se la bebió de un sorbo, en un vano intento de demostrar algo de estúpida masculinidad. Con aquellos aires de lujo, idénticos a los que había atraído al entrar al bar, alegó que sin duda alguna, el bar había perdido a un buen cliente por aquel asqueroso trato, y Ross, a un buen tío. -Oh ¿Quieres que llore y te suplique? ¿Tan desesperada me vez?- la chica se echó hacia atrás, volviendo a ponerse erguida. Tomó el trapo andrajoso que había soltado anteriormente y se puso a limpiar la barra, justo donde el chico había puesto sus manos. -Paga la cuenta y lárgate- volvió a avisarle. A regañadientes, el joven sacó la cartera de su bolsillo y extrajo un billete de diez dólares impoluto. Pero en vez de dárselos o colocarlo sobre la superficie, lo tiró al suelo, al otro lado de la barra. Ross vio caer el verdoso papel a su lado, y cuando devolvió la vista al chico, éste la mirada divertido. Quería humillarla. Ross suspiró con mucha desgana. Llevó sus manos lentamente al cajón que había justo frente a su cadera. Rápidamente, sacó y dejó ver una larga y brillante escopeta de caza, guardada en ese sitio con intenciones claras. -Recoge el billete, por favor. Se ha caído- el chico sonrió, alegando que no estaba cargada. Ross no dijo nada. Se la colocó cuidadosamente frente al hombro derecho y disparó a la lámpara que había a las espaldas del chico. El cristal de la misma, así como la bombilla, reventaron en docenas de pedazos brillantes. Algunos llovieron sobre las cervezas de algunos clientes. -Recoge el billete, que se ha caído- repitió, esta vez, apuntándole a él. El joven levantó los brazos, incómodo. Se dirigió al otro lado de la barra, se inclinó para recoger el billete y lo dejó, esta vez sí, sobre la superficie. -El cambio es para mí, para arreglar la lámpara ¿A que sí, cielo?- éste asintió. Lanzó una última mirada asesina y se retiró. Se marchó del bar, no sin antes expresar una serie de improperios mal sonantes, al tiempo que entraba Clay.
Clay, el dueño del garito, eran un hombre bastante tranquilo y sereno a pesar de su rudo aspecto. No se enfurecía con demasiada asiduidad, y si lo hacía, siempre se lo guardaba para sí mismo. Sin embargo, ese día, no pudo evitar seguir con la mirada al chico que se marchaba insultando a su local. Instintivamente, lanzó una mirada furtiva a Ross, quien estaba guardando la escopeta en su sitio en ese mismo momento. La chica se percató de aquella mirada, miró a la puerta y después le devolvió la mirada a él. Puso los ojos en blanco y se encogió de hombros. No era culpa de ella lo que fuera que había pasado y Clay lo suponía. Se acercó a la barra, lanzó una mirada un tanto desconfiada a Ian y miró a Ross. No preguntó nada, no tenía por qué.
-Está bien... está bien. Toma, el dinero de la lámpara- le cedió el billete -O el cuarenta por ciento de lo que cuesta, al menos. Quítamelo del sueldo, o yo que sé- Clay, que hasta ahora no se había percatado de su destrozada lámpara, miró al techo y después bufó. -Vale... lo sé... estoy en un problema, una vez más...-
Prólogo:
En el principio, Dios creó al hombre y a la mujer. Después, el Diablo les otorgó deseos.
Apenas tardó una hora en llegar a la población. Oathtown era un pueblo amplio, que no llegaba por los pelos a ser ciudad. Era vasta en territorio y bastante poblado por gentes de diversas edades e incluso razas. Un buen lugar, pensaba el motero, mientras surcaba las calles a una velocidad inadecuada a sabiendas de que la "suerte" le sonreiría y que no habría fuerza que intentase detenerlo. Sonreía, sin embargo, con aires de grandeza, cuando veía por los espejos de la moto cómo la gente giraba sus cabezas conforme él pasaba, desde padres de familia que iban a trabajar, como madres, como parejas jóvenes que salían de paseo a disfrutar la mañana: sobre todo las chicas. Estaba encantado.
Estacionó la oscura motocicleta en el patio delantero de una iglesia bastante grande, bellamente decorada, hermosa, se atrevería a decir. Apagó el motor y bloqueó la rueda, aunque sabía de sobra que nadie intentaría robársela. Al desmontar, abrió uno de los maletines de cuero que la moto llevaba en sendos costados y extrajo una pequeña bolsa. Silbando una melodiosa canción, se aventuró hacia la entrada a la iglesia.
-Demos gracias al Señor, pues es en estos tiempos de agitación, en los que necesitamos cura para el alma. Recemos por los afligidos, por los heridos. Recemos por la detención de las guerras, por el fin del odio. Recemos y demos gracias a Dios, porque nuestra nación está en paz y por nuestro pueblo, que vive en armonía con la fe...- el cura se detuvo al ver la oscurecida figura del motero entrando en la iglesia, en un respetuoso silencio sin embargo. Su chaqueta de cuero destacaba entre el resto de feligreses. Oathtown era una población bastante religiosa y podía presumir de tener tanta diversidad de culturas religiosas como de razas. A ojos de muchos, parecería una especie de pueblo perfecto, pero ciertos individuos sabían que no era así en absoluto -Y...- continuó confuso -¿Por dónde iba?- pasó una página de sus escrituras -Vaya por Dios...- masculló, arrancando susurros de los feligreses -Procedamos... a comulgar con nuestro Señor- un ambiente de incertidumbre se alzó en la iglesia, mientras el motero simplemente sonreía, mascando el chicle.
Aguardó pacientemente hasta que la misa concluyó y se hizo la cola hasta el confesionario, donde acudieron un par de parejas, una de ellas bastante joven. Ambos miraban al motero con preocupación y desconfianza. Respiraron aliviados cuando confesaron sus pecados y se pudieron marchar, tras concretar los detalles de la boda con el cura, que se celebraría próximamente -Felicidades- dijo cuando la pareja pasó por su lado, ella se agarró el bolso con fuerza. El hombre seguía sonriente
-Hijo- dijo el cura de pronto, cuando salió del confesionario -¿Qué te trae por la casa de Dios?- su voz tenía cierto tono de preocupación
-Padre...- suspiró, borrando la sonrisa de su cara con una perfecta precisión -Tengo que hablar con alguien, con un consejero espiritual. Estoy perdido. Necesito... encontrar a Dios-
-¿Encontrar a...?- el cura abrió los ojos de par en par -Por... por supuesto, ven, hijo, siéntate a mi lado- el cura se sentó en uno de los bancos de la iglesia y el motero le acompañó, a su lado. Dejó la bolsa en el suelo -¿Qué te aflige?-
-Me persiguen demonios padre. Me persiguen demonios allí donde voy- masculló. El cura se puso tenso, muy, muy tenso -Quieren... hacerme daño-
-Eso... eso es muy grave. Yo... ¿Hablamos metafóricamente, verdad?- el cura quiso recomponerse, pero era tarde. Era anciano y sus ojos destellaban con luz temerosa. Miró unas cuantas veces hacia la puerta -Los demonios... quiero decir... los condenados no pueden hacernos daño- trató de sonreir
-¿Está seguro, padre? Porque por más tiempo que pasa, cuanto más lucho, más se acercan. De día, de noche. Da igual el momento. Está aquí. Está justo aquí, uno de ellos. Me habla. Le oigo- se llevó una mano a la sien
-Quizá deberías... no sé... ¿Ir al médico?- el cura se acercó un tanto a él. Se sentía observado
-¿Al médico? ¿Qué puede hacer la medicina por mí, padre? ¿Va a recetarme un Extermimonio 500?- su tono denotó un ligero toque de burla -Perdóneme... estoy asustado-
-Lo comprendo hijo, lo comprendo...- lo observó de arriba abajo -Quizá el camino que has seguido, extraviado del rebaño, los ha atraido hasta a ti. Puede que haya salvación...- suspiró -Tal vez... pueda ayudar...- una gran compasión se adueñó del corazón del cura, que observaba la barbilla del motero agitarse. Aparentaba unos 50 años y aún así, parecía un niño asustado ¿Qué había visto ese hombre, en las carreteras, sobre esas motos que tanto apasionan, para tener el corazón tan anegado de terror?
-¿Cómo me ayudará? Por favor, haré lo que sea- suplicó mirándole a los ojos. Le temblaban los labios
-Te bendeciré y...- suspiró -Ven, deja que te rodee con la bendición de Dios...- se acercó despacio hacia el motero y le puso una mano en el hombro con timidez. Luego se aproximó más y más y comenzó a rodearlo con los brazos. Lo abrazó con fuerza y trató de transmitirle calma. Trató de transmitirle...
-Oh, padre...- sollozó el motero -Me hace sentir como un niño...- y tras una pausa, empezó a reir -¡Como un niño! ¿Lo pilla?- el cura retrocedió automáticamente, como si algo invisible le hubiese empujado. Se levantó del sillón sin apartar los ojos del hombre de la chupa de cuero, que reía viciosamente -Oh Dios, esto es buenísimo-
-Tú... tú eres...- le señaló
-Ese dedo acusador, Manaquel, que te veo- le guiñó el ojo -¿Creías que te ibas a esconder de nosotros?-
-¿Cómo osais entrar en la casa de Dios?- trató de decir furibundo, pero fue un hilo de voz
-Eh, que es mi padre. Y la casa de un padre es la casa de uno- se puso en pie, rascándose la nuca -He venido a dejar un mensajito-
-No queremos mensajes de vosotros, malditos condenados. Que la ira de nuestro Padre caiga sobre vosotros-
-Me dañas. Me insultas. Si hasta te he traido un regalo- le arrojó la bolsa. El cura la abrió con desconfianza. De su interiór sacó tres clavos antiquísimos, oxidados, doblados, pútridos y una maza
-¿Qué es...? ¡Por los clavos de Cristo!-
-Eso es exactamente lo que son. Los clavos de vuestro querido Cristo- sonrió -Y es parte del mensaje que vengo a dar- mascaba el chicle con confianza
-Sal de esta sagrada casa, demonio... Di a Lucifer que no tiene poder sobre Tierra Santa- se encogió, aferrando los clavos
-Se lo estás diciendo tú en persona. Encantado Manaquel, me llaman Lucian. Pero los tuyos me llaman Lucifer-
-Imposible. Estás mintiendo ¡Falacias! ¡Dios nunca te permitiría poner un pie en su paraiso!- decía mientras Lucian se acercaba a él
-Oh, pequeño querubín... hace mucho, mucho tiempo, que este lugar dejó de ser el paraiso- sonrió malicioso.
Cuando salió de la iglesia, vio a varios metros a la parejita joven haciéndose fotos al rededor de la moto. Con una sonrisa socarrona, les preguntó si se divertían
-Oh... eh...- el chico se apartó de la moto -¿Cuánto tiempo llevamos aquí?- se ruborizó. La chica miró el reloj. Bastante tiempo
-¿Os gusta mi moto?- preguntó amistoso -Me costó una pasta. Admito que es hermosa-
-Es de las más bonitas que he visto, si me lo permites. Y perdónanos, de verdad, sólo nos había encandilado y... sólo hemos hecho unas fotos. No nos hemos montado-
-No pasa nada, amigo. No le haréis daño por montaros-
-¿En... serio? Vaya, quiero decir, tenía entendido que vuestras motos son como vuestras chicas y que nadie se montaba en ellas...- se refrotaba las manos nervioso
-Una moto es como una chica, exacto, y sólo la monta quien ella elija- asintió -Por ello probad uno por uno. Monta tú primero, campeón- el chico obedeció como si Lucian fuese su amo. Se montó y agarró los manillares de la moto con fuerza. Se sentía poderoso. Su chica le miraba con ilusión y cierto deseo. Le hacía atractivo, bastante -¿Qué te parece?-
-Es grandiosa-
-Sí, es como tener abierta de piernas a una diosa- rió -Y cuando arrancas el motor es como ponerla y darle a cuatro patas mientras le apritas el culo- el chico rió nervioso y avergonzado. Esa jerga no iba con él, además su novia estaba presente -Ahora tú, encanto. Deja hueco a tu novia, chico. Hazle una foto ¡Que se luzca a sus amigas!- el chico cedió el asiento a su novia y procedió a sacar el móvil para hacerle una foto. La chica se sentó de lado -Así no cielo, remángate un poco. Siéntate como es debido. Hay que tratarla como una dama- ruborizada, lo hizo, para sentarse como era debido, aunque con las piernas muy juntas para que no se le viese nada. En el momento que agarró el manillar, algo cambió en ella. Sus ojos... esa forma de mirar. Se mordió el labio inferior con una indescriptible sensación de lujuria. Poco a poco separaba las piernas. El novio tomó la foto, pero no tardó en mirarla extrañado
-¿Lucy? ¿Estás bien?- la chica no le miró ni le contestó, sólo se abrió de piernas para acomodarse en la moto mientras se llevaba una mano al pelo, para movérselo de un lado a otro. De sus labios brotó un "joder" -¿Lucy?- el chico miró a todas partes -¿Qué es ese lenguaje? ¿Desde cuando haces esas exclamaciones?-
-Vamos compañero... déjala. Se ve que está... disfrutando ¿No, Lucy?- ella asintió con un ligero gemido. La mano la deslizó desde el pelo hasta su rostro, hasta el cuello, surcó su propio cuerpo y se tocó la cara interna del muslo. Sus caderas se estaban moviendo despacio sobre la moto -Parece que sí...-
-Eh, Lucy, para ¿Qué haces?- cuando se acercó, ella le disparó una mirada felina y lo empujó. Le dijo abiertamente que la dejase en paz. Estaba disfrutando de la moto, eso era todo
-¿Quieres más?- ella asintió con un ronroneo -¿Y si te vienes conmigo? Te daré una vuelta- la chica le preguntó si le dejaría montar a ella misma -Oh... ya te digo que si vas a montar, muñeca- Lucian se acercó a la moto, introdujo la mano en la falda de la chica y le devoró la boca con una perversa lujuria. Desde que comenzó hasta que terminó, la llamada Lucy no dejó de gemir
-¡¿Pero qué haces!?- el novio trató de apartar a Lucian, lo empujó, y fue como empujar un muro de hormigón -¡Malditos seais! ¿¡Lucy!? ¿¡Qué significa esto!?-
-Que sois unos reprimidos...- rió Lucian, alzando una miradita al cielo -Estás perdiendo a tu rebaño ¿eh? Tu influencia se esfuma...-
-¿Qué demonios estás diciendo?- preguntó furibundo el chico
-Tú también empiezas a soltarte. Eso está bien...- le dio una palmada firme en el muslo a Lucy -Te lo diré claro. Voy a llevarme a tu chica. Me la voy a follar hasta que me harte o hasta que a ella no le quepa más semen en el coño y después te la traeré ¿Te parece?-
-¡Hijo de puta!- trató de golpear a Lucian, pero recibió un golpe seco directo a la nariz que lo derribó ipso facto. Su rostro comenzó a sangrar. Lucy se preguntó, entre sorprendida, asustada y lujuriosa, si estaba bien
-Está muerto- chasqueó la lengua Lucian, montando en la moto ante Lucy -Le he roto el craneo. Lo siento, cielo- por un momento la chica hizo ademán de bajar, de socorrer a su chico. No podía estar muerto ¡Tenían planes de boda y...! Pero... el olor de Lucian la seducía tanto como la moto. Su espalda ancha, sus brazos duros, su sonrisa pícara. Estaba húmeda. Demasiado húmeda. Se lo sentía. Nunca había estado así -¿Nos vamos? Tienes mucho que montar- arrancó el motor y partieron de Oathtown rumbo a la Ruta del Diablo. Lucy no volvió a aparecer nunca más.
Ian
Aquel día no era uno más como otro cualquiera. El inspector de policía aparcó el vehículo en las afueras de su bar de carretera habitual, el Chacal. Ese día tenía la cabeza llena de preguntas y preocupaciones cuando apagó el motor y bajó del coche. El cigarro electrónico en su boca exhalaba vapor de agua de forma constante. Le relajaba y estaba aromatizado con menta, delicioso, aún sabiendo que una vez abriese las puertas del bar para entrar, la insidiosa peste a sobaco sudoroso, trasero grasiento, alcohol, tabaco y maría le llenaría los pulmones. Se dedicó por ello a degustar la encandiladora fragancia de su aparato y finalmente lo apagó para entrar por fin a su "templo" común. Allí dentro se encontró con miradas habituales y extrañas. En la barra estaba Ross, la chica que atendía el local. En la mesa del fondo, más alejada de la entrada, el viejo Pitt, con su enormísima barba apestosa y llena de lamparones de cerveza, whiskey y amarillenta por el tabaco y vómito seco. Era un viejo que vivía por las inmediaciones en mitad de la Ruta del Diablo, decían que estaba loco. Ian no creía que lo estuviera, ese hombre simplemente sabía y había visto más de lo que un hombre o mujer común ven a lo largo de sus vidas. Pitt sabía ciertos secretos de la Ruta que pocos más sabían, a parte de Ian. También estaba Lawrence, un hombre de piel oscura, trabajador en unas minas cercanas, construidas desde la época del oeste. Aún se utilizaba para explotar ciertos minerales. El iluso aún creía en que podía haber oro. El resto eran viajeros extraños. Algunos tenían unas pintas peligrosas y otros, simplemente, eran simples viajeros inofensivos que habían parado al baño y a tomar un refrigerio para el viaje. Ya era casi la hora del almuerzo y en aquel pequeño desierto rocoso, el calor llegaba a ser insufrible. Se sentó en la barra, frente a una ausente Ross con cara de aburrimiento y con un mechón de pelo algo húmedo por el sudor colgándole de la frente -Hola Ross- la chica le disparó una mirada vaga. Le preguntó si iba a tomar lo mismo de siempre -Sí, lo mismo- asintió con afecto el hombre, con sonrisa encantadora y paternal. La chica parecía detestar ese rollo que Ian se traía con ella... y con los demás. Creía ser demasiado bueno. Y de hecho lo era, aunque ell ano lo supiera. Se preguntaba cómo es que no le habían partido esos dientes más de una vez, quizá se debiese al hecho de que era inspector de la policía de Oathtown, por lo que tampoco le parecía raro que fuese tan "simpático" siendo de esa población tan arraigada a la idea idílica de un pueblo amable, cálido y religioso sin extremos. Sin embargo ella sabía que había tanta mierda allí como en cualquier otra población -¿Todo bien hoy?- ella asintió mientras le servía el café. Sólo Ian podía beberse un café sólo cerca de las tres de la tarde bajo un sol de justicia, o injusticia. El hombre dio un sorbo ignorando la abrasadora temperatura -Mmm. Delicioso como de costumbre- ella giró los ojos en un gesto de desesperación y bufó. Estaba aburrida. Ian lo comprendía. Todos los días igual, en ese antro, sin nada que hacer. Sentía una gran compasión por ella -Oyeme una cosa Ross ¿Has visto algo raro por aquí últimamente?- la muchacha soltó una carcajada -¿Qué significa eso?- soltó el trapo de mala gana en la barra y le pidió que mirase a su alrededor ¿Es que había algún día que se pudiese considerar normal? Todos esos patanes ebrios y de vez en cuando familias o parejitas felices haciéndose carantoñas. Tanto una cosa como otra era raro para ella -Más de lo normal, al menos- sonrió el hombre. Ella aseguró que más allá de eso no. Ian estaba especialmente pensativo ese día -Ha habido un asesinato. Cerca. En Oathtown- aquello la pilló desprevenido. Casi le arrancó una sonrisa que corrigió al instante. No porque se alegrara, sino porque parecía que por fin pasaba algo nuevo en el estado -Como lo oyes...- se pasó una mano por la cara, cansado. La chica quiso saber de qué se trataba -No es apto para estómagos sensibles- ella arqueó una ceja ¿La consideraba de las sensibles? Ian se echó a reir -Tienes razón...- bufó -El cura de la iglesia mayor, el padre Simon, estaba crucificado en la pared, sobre el altar, boca abajo- Ross fue abriendo más y más los ojos conforme Ian le contaba los detalles. Demasiado fuerte -Tambien un chico fuera, estaba muerto por una contusión craneal. Le debieron de golpear con un martillo neumático en la cara. No había hueso reconocible en su rostro. Su cara era un amasijo de carne, como una máscara- la chica se sintió mayormente indiferente, ya que no conocía personalmente ni a uno ni a otro, pero era algo desagradable de oir -Me pregunto quién habrá sido responsable...- dijo perdiendo su mirada en el café, aunque tenía grandísimas sospechas de quienes podrían haber hecho semejante estropicio sin dejar huellas. Fue en aquel entonces cuando entró un chico en el bar, uno nuevo. Iba vestido con traje de motorista de cuerpo completo y un casco que se estaba quitando, con colores de lo más llamativo. Había venido en una moto deportiva, de esas carísimas similares a las de los campeonatos de carreras. Se sentó en la barra junto a Ian, ignorándole por completo, pero éste lo estudió. Era un guaperas y tenía un brillo malicioso en la mirada. Sentía algo emanando de él, lo sentía tan claro como el calor, o el aroma del café y el sabor en su lengua. Maldad. Oscuridad. Un Lilim. Esa ligera esencia pestilente de sombras se estaba mezclando con la de Ross. No dejaba de mirarla
-Hola encanto- dijo cariñoso, seductor. Era de estos chicos jóvenes, hijos de papá, modernitos y con fama de malotes debido a la protección que les proporcionaba el dinero -Ponme un cubata y ponte otro a ti y quédate hablando conmigo- le guiñó el ojo -Te pago el trago y las horas que no te paguen por trabajar. O si prefieres directamente suelta ese vaso y vámonos a un sitio mejor- le sonreía de oreja a oreja con sus dientes perfectos. Estaba incluso maquillado. Una ligera sombra de ojos y algo de eyeliner para resaltar su mirada traviesa. Era ridículo. Se tapaba cada imperfección con maquillaje y con la sombra que proporcionaba su cuerpo contorneado y musculoso bajo aquel traje que hasta marcaba algo el paquete. Ross a priori parecía ignorarle completamente mientras hacía su función y le servía el cubata, pero en cuanto puso el vaso frente a él éste le agarró la mano -Hey, contéstame- dijo riendo -Esta oportunidad no se te presenta todos los días, igual que a mí. Tienes un culo estupendo, cariño. Y me apetece descubrir qué más escondes bajo la camisa. Yo te contaré también mis secretos- ronroneaba como un gato y el ambiente en el bar empezaba a caldearse. Los habituales, que ya conocían a Ross, empezaban a sentirse insultados porque un extranjero trataba de follarse a la que ellos aún no conseguían follarse, quería pisarles la chica y no lo iban a permitir. Alguno se levantó en el fondo del bar, ajustándose los pantalones y el cinturón. Ross miraba al chico aburrida mientras Ian miraba interesado a la muchacha. Sonrió dando un sorbo de café. Su esencia lumínica no se manchaba ni un ápice bajo la influencia del Lilim. Se limitó a esperar y ver el espectáculo, orgulloso de ella.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)