Prólogo:
En el principio, Dios creó al hombre y a la mujer. Después, el Diablo les otorgó deseos.
Apenas tardó una hora en llegar a la población. Oathtown era un pueblo amplio, que no llegaba por los pelos a ser ciudad. Era vasta en territorio y bastante poblado por gentes de diversas edades e incluso razas. Un buen lugar, pensaba el motero, mientras surcaba las calles a una velocidad inadecuada a sabiendas de que la "suerte" le sonreiría y que no habría fuerza que intentase detenerlo. Sonreía, sin embargo, con aires de grandeza, cuando veía por los espejos de la moto cómo la gente giraba sus cabezas conforme él pasaba, desde padres de familia que iban a trabajar, como madres, como parejas jóvenes que salían de paseo a disfrutar la mañana: sobre todo las chicas. Estaba encantado.
Estacionó la oscura motocicleta en el patio delantero de una iglesia bastante grande, bellamente decorada, hermosa, se atrevería a decir. Apagó el motor y bloqueó la rueda, aunque sabía de sobra que nadie intentaría robársela. Al desmontar, abrió uno de los maletines de cuero que la moto llevaba en sendos costados y extrajo una pequeña bolsa. Silbando una melodiosa canción, se aventuró hacia la entrada a la iglesia.
-Demos gracias al Señor, pues es en estos tiempos de agitación, en los que necesitamos cura para el alma. Recemos por los afligidos, por los heridos. Recemos por la detención de las guerras, por el fin del odio. Recemos y demos gracias a Dios, porque nuestra nación está en paz y por nuestro pueblo, que vive en armonía con la fe...- el cura se detuvo al ver la oscurecida figura del motero entrando en la iglesia, en un respetuoso silencio sin embargo. Su chaqueta de cuero destacaba entre el resto de feligreses. Oathtown era una población bastante religiosa y podía presumir de tener tanta diversidad de culturas religiosas como de razas. A ojos de muchos, parecería una especie de pueblo perfecto, pero ciertos individuos sabían que no era así en absoluto -Y...- continuó confuso -¿Por dónde iba?- pasó una página de sus escrituras -Vaya por Dios...- masculló, arrancando susurros de los feligreses -Procedamos... a comulgar con nuestro Señor- un ambiente de incertidumbre se alzó en la iglesia, mientras el motero simplemente sonreía, mascando el chicle.
Aguardó pacientemente hasta que la misa concluyó y se hizo la cola hasta el confesionario, donde acudieron un par de parejas, una de ellas bastante joven. Ambos miraban al motero con preocupación y desconfianza. Respiraron aliviados cuando confesaron sus pecados y se pudieron marchar, tras concretar los detalles de la boda con el cura, que se celebraría próximamente -Felicidades- dijo cuando la pareja pasó por su lado, ella se agarró el bolso con fuerza. El hombre seguía sonriente
-Hijo- dijo el cura de pronto, cuando salió del confesionario -¿Qué te trae por la casa de Dios?- su voz tenía cierto tono de preocupación
-Padre...- suspiró, borrando la sonrisa de su cara con una perfecta precisión -Tengo que hablar con alguien, con un consejero espiritual. Estoy perdido. Necesito... encontrar a Dios-
-¿Encontrar a...?- el cura abrió los ojos de par en par -Por... por supuesto, ven, hijo, siéntate a mi lado- el cura se sentó en uno de los bancos de la iglesia y el motero le acompañó, a su lado. Dejó la bolsa en el suelo -¿Qué te aflige?-
-Me persiguen demonios padre. Me persiguen demonios allí donde voy- masculló. El cura se puso tenso, muy, muy tenso -Quieren... hacerme daño-
-Eso... eso es muy grave. Yo... ¿Hablamos metafóricamente, verdad?- el cura quiso recomponerse, pero era tarde. Era anciano y sus ojos destellaban con luz temerosa. Miró unas cuantas veces hacia la puerta -Los demonios... quiero decir... los condenados no pueden hacernos daño- trató de sonreir
-¿Está seguro, padre? Porque por más tiempo que pasa, cuanto más lucho, más se acercan. De día, de noche. Da igual el momento. Está aquí. Está justo aquí, uno de ellos. Me habla. Le oigo- se llevó una mano a la sien
-Quizá deberías... no sé... ¿Ir al médico?- el cura se acercó un tanto a él. Se sentía observado
-¿Al médico? ¿Qué puede hacer la medicina por mí, padre? ¿Va a recetarme un Extermimonio 500?- su tono denotó un ligero toque de burla -Perdóneme... estoy asustado-
-Lo comprendo hijo, lo comprendo...- lo observó de arriba abajo -Quizá el camino que has seguido, extraviado del rebaño, los ha atraido hasta a ti. Puede que haya salvación...- suspiró -Tal vez... pueda ayudar...- una gran compasión se adueñó del corazón del cura, que observaba la barbilla del motero agitarse. Aparentaba unos 50 años y aún así, parecía un niño asustado ¿Qué había visto ese hombre, en las carreteras, sobre esas motos que tanto apasionan, para tener el corazón tan anegado de terror?
-¿Cómo me ayudará? Por favor, haré lo que sea- suplicó mirándole a los ojos. Le temblaban los labios
-Te bendeciré y...- suspiró -Ven, deja que te rodee con la bendición de Dios...- se acercó despacio hacia el motero y le puso una mano en el hombro con timidez. Luego se aproximó más y más y comenzó a rodearlo con los brazos. Lo abrazó con fuerza y trató de transmitirle calma. Trató de transmitirle...
-Oh, padre...- sollozó el motero -Me hace sentir como un niño...- y tras una pausa, empezó a reir -¡Como un niño! ¿Lo pilla?- el cura retrocedió automáticamente, como si algo invisible le hubiese empujado. Se levantó del sillón sin apartar los ojos del hombre de la chupa de cuero, que reía viciosamente -Oh Dios, esto es buenísimo-
-Tú... tú eres...- le señaló
-Ese dedo acusador, Manaquel, que te veo- le guiñó el ojo -¿Creías que te ibas a esconder de nosotros?-
-¿Cómo osais entrar en la casa de Dios?- trató de decir furibundo, pero fue un hilo de voz
-Eh, que es mi padre. Y la casa de un padre es la casa de uno- se puso en pie, rascándose la nuca -He venido a dejar un mensajito-
-No queremos mensajes de vosotros, malditos condenados. Que la ira de nuestro Padre caiga sobre vosotros-
-Me dañas. Me insultas. Si hasta te he traido un regalo- le arrojó la bolsa. El cura la abrió con desconfianza. De su interiór sacó tres clavos antiquísimos, oxidados, doblados, pútridos y una maza
-¿Qué es...? ¡Por los clavos de Cristo!-
-Eso es exactamente lo que son. Los clavos de vuestro querido Cristo- sonrió -Y es parte del mensaje que vengo a dar- mascaba el chicle con confianza
-Sal de esta sagrada casa, demonio... Di a Lucifer que no tiene poder sobre Tierra Santa- se encogió, aferrando los clavos
-Se lo estás diciendo tú en persona. Encantado Manaquel, me llaman Lucian. Pero los tuyos me llaman Lucifer-
-Imposible. Estás mintiendo ¡Falacias! ¡Dios nunca te permitiría poner un pie en su paraiso!- decía mientras Lucian se acercaba a él
-Oh, pequeño querubín... hace mucho, mucho tiempo, que este lugar dejó de ser el paraiso- sonrió malicioso.
Cuando salió de la iglesia, vio a varios metros a la parejita joven haciéndose fotos al rededor de la moto. Con una sonrisa socarrona, les preguntó si se divertían
-Oh... eh...- el chico se apartó de la moto -¿Cuánto tiempo llevamos aquí?- se ruborizó. La chica miró el reloj. Bastante tiempo
-¿Os gusta mi moto?- preguntó amistoso -Me costó una pasta. Admito que es hermosa-
-Es de las más bonitas que he visto, si me lo permites. Y perdónanos, de verdad, sólo nos había encandilado y... sólo hemos hecho unas fotos. No nos hemos montado-
-No pasa nada, amigo. No le haréis daño por montaros-
-¿En... serio? Vaya, quiero decir, tenía entendido que vuestras motos son como vuestras chicas y que nadie se montaba en ellas...- se refrotaba las manos nervioso
-Una moto es como una chica, exacto, y sólo la monta quien ella elija- asintió -Por ello probad uno por uno. Monta tú primero, campeón- el chico obedeció como si Lucian fuese su amo. Se montó y agarró los manillares de la moto con fuerza. Se sentía poderoso. Su chica le miraba con ilusión y cierto deseo. Le hacía atractivo, bastante -¿Qué te parece?-
-Es grandiosa-
-Sí, es como tener abierta de piernas a una diosa- rió -Y cuando arrancas el motor es como ponerla y darle a cuatro patas mientras le apritas el culo- el chico rió nervioso y avergonzado. Esa jerga no iba con él, además su novia estaba presente -Ahora tú, encanto. Deja hueco a tu novia, chico. Hazle una foto ¡Que se luzca a sus amigas!- el chico cedió el asiento a su novia y procedió a sacar el móvil para hacerle una foto. La chica se sentó de lado -Así no cielo, remángate un poco. Siéntate como es debido. Hay que tratarla como una dama- ruborizada, lo hizo, para sentarse como era debido, aunque con las piernas muy juntas para que no se le viese nada. En el momento que agarró el manillar, algo cambió en ella. Sus ojos... esa forma de mirar. Se mordió el labio inferior con una indescriptible sensación de lujuria. Poco a poco separaba las piernas. El novio tomó la foto, pero no tardó en mirarla extrañado
-¿Lucy? ¿Estás bien?- la chica no le miró ni le contestó, sólo se abrió de piernas para acomodarse en la moto mientras se llevaba una mano al pelo, para movérselo de un lado a otro. De sus labios brotó un "joder" -¿Lucy?- el chico miró a todas partes -¿Qué es ese lenguaje? ¿Desde cuando haces esas exclamaciones?-
-Vamos compañero... déjala. Se ve que está... disfrutando ¿No, Lucy?- ella asintió con un ligero gemido. La mano la deslizó desde el pelo hasta su rostro, hasta el cuello, surcó su propio cuerpo y se tocó la cara interna del muslo. Sus caderas se estaban moviendo despacio sobre la moto -Parece que sí...-
-Eh, Lucy, para ¿Qué haces?- cuando se acercó, ella le disparó una mirada felina y lo empujó. Le dijo abiertamente que la dejase en paz. Estaba disfrutando de la moto, eso era todo
-¿Quieres más?- ella asintió con un ronroneo -¿Y si te vienes conmigo? Te daré una vuelta- la chica le preguntó si le dejaría montar a ella misma -Oh... ya te digo que si vas a montar, muñeca- Lucian se acercó a la moto, introdujo la mano en la falda de la chica y le devoró la boca con una perversa lujuria. Desde que comenzó hasta que terminó, la llamada Lucy no dejó de gemir
-¡¿Pero qué haces!?- el novio trató de apartar a Lucian, lo empujó, y fue como empujar un muro de hormigón -¡Malditos seais! ¿¡Lucy!? ¿¡Qué significa esto!?-
-Que sois unos reprimidos...- rió Lucian, alzando una miradita al cielo -Estás perdiendo a tu rebaño ¿eh? Tu influencia se esfuma...-
-¿Qué demonios estás diciendo?- preguntó furibundo el chico
-Tú también empiezas a soltarte. Eso está bien...- le dio una palmada firme en el muslo a Lucy -Te lo diré claro. Voy a llevarme a tu chica. Me la voy a follar hasta que me harte o hasta que a ella no le quepa más semen en el coño y después te la traeré ¿Te parece?-
-¡Hijo de puta!- trató de golpear a Lucian, pero recibió un golpe seco directo a la nariz que lo derribó ipso facto. Su rostro comenzó a sangrar. Lucy se preguntó, entre sorprendida, asustada y lujuriosa, si estaba bien
-Está muerto- chasqueó la lengua Lucian, montando en la moto ante Lucy -Le he roto el craneo. Lo siento, cielo- por un momento la chica hizo ademán de bajar, de socorrer a su chico. No podía estar muerto ¡Tenían planes de boda y...! Pero... el olor de Lucian la seducía tanto como la moto. Su espalda ancha, sus brazos duros, su sonrisa pícara. Estaba húmeda. Demasiado húmeda. Se lo sentía. Nunca había estado así -¿Nos vamos? Tienes mucho que montar- arrancó el motor y partieron de Oathtown rumbo a la Ruta del Diablo. Lucy no volvió a aparecer nunca más.
Ian
Aquel día no era uno más como otro cualquiera. El inspector de policía aparcó el vehículo en las afueras de su bar de carretera habitual, el Chacal. Ese día tenía la cabeza llena de preguntas y preocupaciones cuando apagó el motor y bajó del coche. El cigarro electrónico en su boca exhalaba vapor de agua de forma constante. Le relajaba y estaba aromatizado con menta, delicioso, aún sabiendo que una vez abriese las puertas del bar para entrar, la insidiosa peste a sobaco sudoroso, trasero grasiento, alcohol, tabaco y maría le llenaría los pulmones. Se dedicó por ello a degustar la encandiladora fragancia de su aparato y finalmente lo apagó para entrar por fin a su "templo" común. Allí dentro se encontró con miradas habituales y extrañas. En la barra estaba Ross, la chica que atendía el local. En la mesa del fondo, más alejada de la entrada, el viejo Pitt, con su enormísima barba apestosa y llena de lamparones de cerveza, whiskey y amarillenta por el tabaco y vómito seco. Era un viejo que vivía por las inmediaciones en mitad de la Ruta del Diablo, decían que estaba loco. Ian no creía que lo estuviera, ese hombre simplemente sabía y había visto más de lo que un hombre o mujer común ven a lo largo de sus vidas. Pitt sabía ciertos secretos de la Ruta que pocos más sabían, a parte de Ian. También estaba Lawrence, un hombre de piel oscura, trabajador en unas minas cercanas, construidas desde la época del oeste. Aún se utilizaba para explotar ciertos minerales. El iluso aún creía en que podía haber oro. El resto eran viajeros extraños. Algunos tenían unas pintas peligrosas y otros, simplemente, eran simples viajeros inofensivos que habían parado al baño y a tomar un refrigerio para el viaje. Ya era casi la hora del almuerzo y en aquel pequeño desierto rocoso, el calor llegaba a ser insufrible. Se sentó en la barra, frente a una ausente Ross con cara de aburrimiento y con un mechón de pelo algo húmedo por el sudor colgándole de la frente -Hola Ross- la chica le disparó una mirada vaga. Le preguntó si iba a tomar lo mismo de siempre -Sí, lo mismo- asintió con afecto el hombre, con sonrisa encantadora y paternal. La chica parecía detestar ese rollo que Ian se traía con ella... y con los demás. Creía ser demasiado bueno. Y de hecho lo era, aunque ell ano lo supiera. Se preguntaba cómo es que no le habían partido esos dientes más de una vez, quizá se debiese al hecho de que era inspector de la policía de Oathtown, por lo que tampoco le parecía raro que fuese tan "simpático" siendo de esa población tan arraigada a la idea idílica de un pueblo amable, cálido y religioso sin extremos. Sin embargo ella sabía que había tanta mierda allí como en cualquier otra población -¿Todo bien hoy?- ella asintió mientras le servía el café. Sólo Ian podía beberse un café sólo cerca de las tres de la tarde bajo un sol de justicia, o injusticia. El hombre dio un sorbo ignorando la abrasadora temperatura -Mmm. Delicioso como de costumbre- ella giró los ojos en un gesto de desesperación y bufó. Estaba aburrida. Ian lo comprendía. Todos los días igual, en ese antro, sin nada que hacer. Sentía una gran compasión por ella -Oyeme una cosa Ross ¿Has visto algo raro por aquí últimamente?- la muchacha soltó una carcajada -¿Qué significa eso?- soltó el trapo de mala gana en la barra y le pidió que mirase a su alrededor ¿Es que había algún día que se pudiese considerar normal? Todos esos patanes ebrios y de vez en cuando familias o parejitas felices haciéndose carantoñas. Tanto una cosa como otra era raro para ella -Más de lo normal, al menos- sonrió el hombre. Ella aseguró que más allá de eso no. Ian estaba especialmente pensativo ese día -Ha habido un asesinato. Cerca. En Oathtown- aquello la pilló desprevenido. Casi le arrancó una sonrisa que corrigió al instante. No porque se alegrara, sino porque parecía que por fin pasaba algo nuevo en el estado -Como lo oyes...- se pasó una mano por la cara, cansado. La chica quiso saber de qué se trataba -No es apto para estómagos sensibles- ella arqueó una ceja ¿La consideraba de las sensibles? Ian se echó a reir -Tienes razón...- bufó -El cura de la iglesia mayor, el padre Simon, estaba crucificado en la pared, sobre el altar, boca abajo- Ross fue abriendo más y más los ojos conforme Ian le contaba los detalles. Demasiado fuerte -Tambien un chico fuera, estaba muerto por una contusión craneal. Le debieron de golpear con un martillo neumático en la cara. No había hueso reconocible en su rostro. Su cara era un amasijo de carne, como una máscara- la chica se sintió mayormente indiferente, ya que no conocía personalmente ni a uno ni a otro, pero era algo desagradable de oir -Me pregunto quién habrá sido responsable...- dijo perdiendo su mirada en el café, aunque tenía grandísimas sospechas de quienes podrían haber hecho semejante estropicio sin dejar huellas. Fue en aquel entonces cuando entró un chico en el bar, uno nuevo. Iba vestido con traje de motorista de cuerpo completo y un casco que se estaba quitando, con colores de lo más llamativo. Había venido en una moto deportiva, de esas carísimas similares a las de los campeonatos de carreras. Se sentó en la barra junto a Ian, ignorándole por completo, pero éste lo estudió. Era un guaperas y tenía un brillo malicioso en la mirada. Sentía algo emanando de él, lo sentía tan claro como el calor, o el aroma del café y el sabor en su lengua. Maldad. Oscuridad. Un Lilim. Esa ligera esencia pestilente de sombras se estaba mezclando con la de Ross. No dejaba de mirarla
-Hola encanto- dijo cariñoso, seductor. Era de estos chicos jóvenes, hijos de papá, modernitos y con fama de malotes debido a la protección que les proporcionaba el dinero -Ponme un cubata y ponte otro a ti y quédate hablando conmigo- le guiñó el ojo -Te pago el trago y las horas que no te paguen por trabajar. O si prefieres directamente suelta ese vaso y vámonos a un sitio mejor- le sonreía de oreja a oreja con sus dientes perfectos. Estaba incluso maquillado. Una ligera sombra de ojos y algo de eyeliner para resaltar su mirada traviesa. Era ridículo. Se tapaba cada imperfección con maquillaje y con la sombra que proporcionaba su cuerpo contorneado y musculoso bajo aquel traje que hasta marcaba algo el paquete. Ross a priori parecía ignorarle completamente mientras hacía su función y le servía el cubata, pero en cuanto puso el vaso frente a él éste le agarró la mano -Hey, contéstame- dijo riendo -Esta oportunidad no se te presenta todos los días, igual que a mí. Tienes un culo estupendo, cariño. Y me apetece descubrir qué más escondes bajo la camisa. Yo te contaré también mis secretos- ronroneaba como un gato y el ambiente en el bar empezaba a caldearse. Los habituales, que ya conocían a Ross, empezaban a sentirse insultados porque un extranjero trataba de follarse a la que ellos aún no conseguían follarse, quería pisarles la chica y no lo iban a permitir. Alguno se levantó en el fondo del bar, ajustándose los pantalones y el cinturón. Ross miraba al chico aburrida mientras Ian miraba interesado a la muchacha. Sonrió dando un sorbo de café. Su esencia lumínica no se manchaba ni un ápice bajo la influencia del Lilim. Se limitó a esperar y ver el espectáculo, orgulloso de ella.
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