Ross llegó a casa a paso rápido, tan inquieta, que sentía que si aquel día volvía a ocurrir algo, reventaría. No era la primera vez que tenía un problema en mitad de la noche, y estaba segura, de que tampoco sería el último. Diamond era así, una ciudad de mierda. La tasa de criminalidad era demasiado alta para solo contar con cuarenta mil habitantes, las malas intenciones parecían venir de fábrica desde el día en el que nacías y la ley, parecía que no existía. De ahí a que Ross no estuviese precisamente nerviosa por el altercado. Sabía de sobra que nada podía hacer un borracho contra ella, quien con un buen empuje habría caído al suelo mareado. Habría resultado sana y salva de la pelea, hubiese intervenido o no aquel tipo. Era precisamente ese hombre, el que la había puesto inquieta, y no sabía por qué.
Era un capullo, como todos los demás. Su forma de hablar, de reaccionar y de desprestigiar eran tan poco originales, que Ross pensaba que podría haberle visto antes, quizá varias veces en el bar, y sencillamente no recordarle. Sin embargo, era algo, una mala sensación o... ¿Un palpito? El mismo que había sentido al pasar cerca del parque, el que la hacía sentirse insegura con respecto a ese tío. Era como si hubiese sentido que llegaría aún cuando él estaba lejos.
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